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Un grato desencuentro

Un grato desencuentro

En esas imágenes sobresalían los soldados rusos clavando su bandera en las ruinas de la ciudad.

19 de mayo 2021 , 03:23 p. m.

En mayo de 1991, luego de ahorrar hasta el último centavo que pude, hice realidad mi sueño de conocer Alemania. Con la mira puesta en Berlín, llegué primero a Fráncfort con una pequeña maleta y un morral al hombro. De allí me trasladé a Maguncia, donde inicié un recorrido de varias semanas en autostop por el oeste del país, hasta llegar a Hannover, ciudad en la que me demoré más de la cuenta y donde me cogió la noche.

En vista de que no encontré un hotel que se ajustara a mis exiguas finanzas, resolví tomar un tren que me llevara a Berlín. Y como mi presupuesto de mochilero no me permitía darme el lujo de viajar en un tren expreso, tuve que comprar un billete en un tren ‘lechero’, con numerosas paradas. La verdad es que esto no me pareció un obstáculo, sino una ventaja, pues así podría dormir en el tren y quemar más tiempo, para no llegar demasiado temprano a mi destino.

Hacia la medianoche abordé el tren nach Berlin y me dirigí a mi litera, que tenía dos bancas, una frente a la otra. En la de la derecha había un señor de piel pálida, medio calvo y con un bigote apenas delineado. Luego de acomodar mis cosas en el portaequipaje, me senté a esperar con impaciencia el inicio del viaje. Cuando el tren empezó a moverse, mi corazón se aceleró al máximo, y por mi cabeza comenzaron a pasar todas las imágenes de la capital alemana, que había acumulado en la memoria desde mi adolescencia.

Al caer en alguna de esas inevitables lagunas del idioma alemán, yo resolvía el ‘impasse’ con un dibujo.

Recuerdo que en ese cúmulo de fotos que había visto en tantas películas, revistas y documentales, sobresalían las escenas en blanco y negro de los soldados soviéticos clavando su bandera en las ruinas de una ciudad arrasada.

Al cabo de unos minutos, regresé a la realidad y mis ojos se cruzaron con la mirada algo curiosa de mi compañero de viaje, ataviado con una chaqueta color caqui abotonada hasta el cuello. De un momento a otro, en su cara se dibujó una sonrisa, que yo no supe descifrar si era de amabilidad o de resignación, pero que fue el preámbulo de una conversación que se desarrolló en un alemán mediocre de parte y parte. Después de un breve “Hallo”, comenzamos a hablar de esas cosas baladíes de las que uno conversa con un desconocido, en un prolongado diálogo en el que no faltaron los atascos idiomáticos, cuando alguno de los dos no encontraba la palabra adecuada para decir algo. Al caer en alguna de esas inevitables lagunas del lenguaje, yo resolvía el impase con un dibujo, mientras mi contertulio se veía obligado a acudir a las señas para hacerse entender.

Tras varias horas de cháchara en nuestro alemán machacado, y cuando le faltaba como media hora para llegar a su destino, mi vecino me preguntó de dónde era, cosa que contesté sin titubear: “Aus Kolumbien”. En ese momento su expresión facial esbozó un gesto de incredulidad. Sin poder contener una sonrisa, mi compañero de viaje replicó en un español inconfundible: “¿De Colombia? ¿Me querés decir, entonces, qué carajos hacemos hablando en alemán a medias, como dos boludos...?” Al reconocer su acento rioplatense, le dije, en medio de una carcajada: “Nunca creí que fueras argentino; todo el tiempo supuse que eras turco”; a lo que él replicó: “Y yo creí que tú eras ruso”.

En ese momento la conversación cambió de idioma y dedicamos los minutos restantes a reírnos y lamentarnos por no haber hablado antes de nuestra procedencia, cosa que nos hubiera evitado más de un tropiezo verbal.

El argentino se bajó en la siguiente estación y cuando el tren reanudó su marcha, la emoción me invadió de nuevo. Aunque ese simpático desencuentro había apaciguado mi ansiedad, el pulso se me aceleró otra vez al pensar que en la próxima parada llegaría a mi destino.

Hecho un manojo de nervios, saqué de mi morral el mapa de Berlín (un Falk Plan, para más señas), mientras dije mentalmente: “Berlín, aquí voy”.

Vladdo
puntoyaparte@vladdo.com

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