Parir es un derecho

Parir es un derecho

¿Le da miedo que nos reproduzcamos? ¿O le dan miedo los pobres?

16 de junio 2019 , 10:36 p. m.

* Columna de Adriana Abramovits.

Hay debates que considero indebatibles y desgastantes, como el de Claudia Palacios. Podría contraargumentar cada uno de sus prejuicios, pero sería aclararle que las migrantes no somos una epidemia o una jauría de animales que se “reproducen” indiscriminadamente. Me parece humillante entrar a discutir cuando el punto de partida es el clasismo, la xenofobia y la aporofobia.

Cada mujer debería tener el derecho a decidir si no quiere parir y también a tener un parto digno. ¿Quién es Claudia para aconsejarnos que no tengamos hijos? ¿Alguien más puede decidir por nosotras? ¿Le da miedo que nos reproduzcamos? ¿O le dan miedo los pobres?

Pero quizás lo que más me preocupa no es la ética periodística de Claudia, o el criterio editorial de EL TIEMPO, sino la cantidad de personas que sintieron su odio respaldado. Ahora pueden rechazar, a viva voz, que no quieren migrantes, que quienes cruzan con hambre la frontera somos putas, desocupadas y, ahora, madres de chinitos pobres. Ese sentimiento de ‘primero los colombianos’ nos facilita deshumanizar al otro y perpetuar el ciclo de violencia y hostilidad.

Parir es un derecho humano que trasciende nacionalidades y estratos sociales, decisión que se explica en el artículo 100 de la Constitución que dice que las extranjeras tenemos los mismos derechos que las colombianas. Pero esa lógica no resiste ningún debate. Las migrantes alrededor del mundo somos un blanco muy fácil, para la violencia y la discriminación, sobre todo en aquellas sociedades con problemas estructurales de desigualdad.

Su insistencia en que el Gobierno haga “control de natalidad” en venezolanas supone una restricción de la autonomía para decidir lo que queremos hacer con nuestro cuerpo, impone limitar, sin nuestro consentimiento, cómo, cuándo, con quién y dónde ejercer los derechos sexuales y reproductivos. La planificación familiar es importante, pero exigir un poder estatal significa hacer la vista gorda al complejo escenario que vivimos las migrantes y refugiadas: las inmensas barreras de acceso a anticonceptivos, la falta de educación sexual, el alarmante estado de malnutrición, el duelo migratorio, las dinámicas de violencia a las que nos vemos expuestas o la estigmatización alrededor de vernos como un problema de salud pública, así como expone Claudia.

En pro del feminismo, me causa curiosidad que esta columna provenga de una periodista que abandera esta causa. Ella, mejor que nadie, habrá experimentado el rechazo hacia los colombianos cuando vivió como corresponsal en el extranjero. El miedo cambia de nombre, pero utiliza el mismo mecanismo.

A Claudia le digo que se prepare porque seguiremos llegando, lejos de nuestra voluntad, en situaciones cada vez más críticas. Que el destierro es doloroso como nada, que ninguna madre desearía que sus hijos pasen hambre ni frío en las calles, que por personas como ella, el 85 % de las gestantes venezolanas han sufrido algún tipo de violencia o discriminación. Pero que eso tampoco nos detiene, que otro grupo grande nos ha dado la bienvenida, que amamos este país como si fuera nuestro y que regresaremos fortalecidas a nuestra amada Venezuela, solas o con nuestros muchachitos en brazos.

ADRIANA ABRAMOVITS

Empodera tu conocimiento

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.