Abismo

Abismo

La tentadora oferta de escuchar a la gente para redefinir el Estado omite algo: ¿quién es la gente?

16 de junio 2019 , 10:17 p. m.

Los Estados necesitan reglas; las religiones, dioses. De la misma manera que los enfermos requieren medicinas y tratamientos. Si el Estado está enfermo, tratándose de una ficción tan elaborada, hay que prestarle especial atención. Aquella que solo puede brindar la voz de voces, el pueblo, a través de un miembro de la comunidad con elevadas calidades para detectar sus males y proceder a la cura. Un sanador que canalice las energías y sentires de la gente; un gurú cuya sapiencia garantice la salvación de ese Estado, ya libre de sus vicios. Ideas con las que podría armarse el guion para una película de terror.

El origen del Estado de derecho no es otro diferente al hastío de organizaciones sociales en que la ley cedía al peso de un monarca, dueño de todo y de todos. La separación de poderes, la administración de justicia, las instituciones y sus controles, la aplicación de las normas sin excepciones de sangre o divinidad... Todo gira alrededor de la misma idea: reglas de juego para vivir en sociedades donde no estemos a merced de los caprichos de un regente.

Pero el Estado de derecho ya no satisface al expresidente Álvaro Uribe, así que por enésima vez exhibe en la vitrina un producto que, cual televenta, se presenta como indispensable: el Estado de opinión. Habiéndose vencido las calidades del Estado de derecho, asfixiado por su corruptela e incapacidad para ser efectivo, se plantea su evolución, acudiendo precisamente a la opinión de la gente para redefinir el rumbo. La cosa es de una sencillez tan asombrosa que habría que beberse ya un galón de Estado de opinión, aunque, en la realidad, equivaldría a beberse tal cantidad de glifosato.

La opinión es un potro desbocado que corre pisoteándolo todo, sin detenerse ni siquiera frente a un abismo. Tanto así que los cambios generados por el Estado de opinión, como lo demuestran numerosas manifestaciones de los últimos días, tendrían como primera consecuencia una respetable ironía: que rodaran las cabezas de quienes lo empollaron. En el Estado de derecho, todos estamos sometidos a la ley. En el Estado de opinión, todos estamos sometidos a todos, y a quien demuestre más efectividad en la tarea de amasarnos mientras nos hacen creer que somos ingredientes únicos. En el Estado de opinión, el sanador nos invita a pensar que él tiene la cura, cuando la cura es él y solo él.

Vende un peligroso espejismo el expresidente Uribe: un sofisticado populismo que exacerba pasiones sobre razones

Peligroso espejismo vende el expresidente Uribe: un sofisticado populismo que exacerba pasiones sobre razones. El Estado de opinión no está diseñado para entenderse del todo con la democracia. Es un eufemismo para permitir a una élite modificar las reglas supremas, con diseño sobre medidas a sus necesidades e intereses, asegurándoles a los ciudadanos que han sido ellos los sastres.

El Estado de opinión es la manera como la derecha se permite alentar una revolución sin ‘untarse’ de izquierda. Es ese estadio delirante en que la horda, tea en mano, arrasa con la ley y el orden, clamando su defensa. Es fácil abrir las puertas del infierno, lo difícil es cerrarlas.

* * * *

Grima. De Claudia Palacios tengo la mejor opinión. No me sumé a la exaltación de redes acosándola por los planteamientos de su columna ‘Paren de parir’, sobre los hijos de refugiados venezolanos nacidos en Colombia. Pero con enorme tristeza digo que al texto le sobró frialdad y le faltó humanidad. Bienvenido el debate sobre el control de la natalidad. Pero, tratándose de poblaciones vulnerables, las lógicas terminan pasando del escenario de las ideas al de la insensibilidad.

GUSTAVO GÓMEZ CÓRDOBA

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